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Miércoles 30 de junio de 2010 [Institucional]

"La diversidad es un elemento clave para amortiguar los efectos negativos que pueda provocar cualquier cambio y para adaptarse a las nuevas condiciones"

José Esquinas-Alcázar, doctor ingeniero agrónomo graduado en la Universidad Politécnica de Madrid y director de la cátedra de la Universidad de Córdoba de Estudios sobre Hambre y Pobreza, abrió el curso de verano de la UPNA “Biodiversidad y gestión de espacios naturales”

zoomJosé Esquinas-Alcázar, director de la cátedra de la Universidad de Córdoba de Estudios sobre Hambre y Pobreza..

José Esquinas-Alcázar, director de la cátedra de la Universidad de Córdoba de Estudios sobre Hambre y Pobreza..

La biodiversidad, entendida como la variedad de la vida en la Tierra, proporciona al ser humano los recursos necesarios para lograr alimentos, combustible y otros elementos que aseguran su bienestar. Sin embargo, es la propia actividad humana la responsable de que la diversidad biológica del planeta se haya reducido en más del 90% durante el siglo XX.

Para hacer reflexionar sobre esta preocupante situación, Naciones Unidas declaró 2010 como el Año Internacional de la Biodiversidad, y los X Cursos de Verano de las Universidades Navarras han recogido en su programa esta invitación a la reflexión con “Biodiversidad y gestión de espacios naturales”, una actividad formativa organizada por la Universidad Pública de Navarra (UPNA) que se celebró en el Palacio del Condestable los días 28 y 29 de junio.

Esta propuesta estival, dirigida por Joaquín González, profesor del departamento de Producción Agraria de la UPNA, y Joaquín del Valle-Lerchundi, ingeniero técnico agrícola y biólogo del departamento de Desarrollo Rural y Medio Ambiente del Gobierno de Navarra, comenzó con la conferencia “La biodiversidad y los recursos fitogenéticos”, a cargo de José Esquinas-Alcázar, doctor ingeniero agrónomo graduado en la Universidad Politécnica de Madrid y director de la cátedra de la Universidad de Córdoba de Estudios sobre Hambre y Pobreza.

Durante su intervención, este experto, que trabajó durante 30 años en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), analizó la grave pérdida de diversidad biológica que se ha producido en el último siglo y que ha hecho peligrar el futuro de los recursos alimentarios y de la agricultura ante posibles cambios medioambientales, plagas o pandemias.

“En la uniformidad no hay selección posible, por lo tanto, la diversidad es un elemento clave para amortiguar los efectos negativos que pueda provocar cualquier cambio y para adaptarse a las nuevas condiciones”, argumentó ante la treintena de asistentes que acudieron al curso de verano.

De 8.000 especies cultivadas, a 150

Hace diez mil años, la Humanidad utilizaba cerca de 8.000 especies de plantas para su alimentación. Sin embargo, en la agricultura actual la cifra se ha reducido a 150, y sólo 12 contribuyen al 70% de la alimentación calórica humana. En realidad, únicamente cuatro -el trigo, el maíz, el arroz y la patata- proporcionan el 60% de las calorías, por lo que se han convertido en el gran sustento del ser humano.

“La causa de la pérdida de esas especies que se han cultivado a lo largo de milenios es la infrautilización, ya que nos hemos centrado en unas pocas especies por razones no siempre idóneas, como los intereses económicos”, apuntó.

Ante esta pérdida, Esquinas-Alcázar hizo hincapié en la importancia de conservar la biodiversidad agrícola para que las generaciones futuras “sean capaces de afrontar cambios imprevisibles del medio ambiente y la transformación de las necesidades humanas”.
Esquinas-Alcázar utilizó el ejemplo de la hambruna que sacudió a Europa a mediados del siglo XIX para ilustrar el tema de la biodiversidad: “Entre 1838 y 1843 murieron millones de personas en Europa por la falta de diversidad biológica de la patata. Apareció el hongo Phytosphora Infestans, que destruyó todas las plantaciones de patatas. Dos millones de irlandeses murieron y tres millones emigraron a Estados Unidos, ya que el país dependía de este alimento. Se intentó combatir la plaga con medios químicos, pero sin resultado alguno. Finalmente, se pensó en acudir a América, lugar de origen de la patata, para ver si allí existían variedades inmunes al Phytosphora Infestans, y se encontraron en Perú, Ecuador y Bolivia. En esa enorme biodiversidad residía la resistencia a la enfermedad y se resolvió el problema”.

zoomImagen de público asistente al curso.

Imagen de público asistente al curso.

Otro caso similar sucedió en Estados Unidos, cuando una enfermedad acabó con todas sus variedades de maíz, ya que procedían de un mismo citoplasma. “En la diversidad enorme de África se encontró la resistencia a la enfermedad. Se produjeron enormes pérdidas económicas y, por primera vez, se comenzó a hablar de la importancia de los recursos genéticos para la subsistencia de la Humanidad. Se muestra la relación con el hambre y qué ocurre cuando no tenemos capacidad de selección porque hemos perdido la diversidad”, aseguró el experto.

De este suceso surgieron, además, otras cuestiones, como la necesidad de conservar la diversidad para el futuro y la interdependencia entre países: “Europa, el continente más desarrollado en ese momento, necesita las patatas de Perú; y Estados Unidos, una potencia mundial, resuelve sus problemas con el maíz gracias a África. Curiosamente, los países pobres en dinero y tecnología van a ser los verdaderos países ricos en esa materia prima necesaria para la alimentación”.

Pero, ¿cómo se llega a destruir la diversidad biológica? El ex funcionario de la FAO relató que la principal causa fue la denominada “revolución verde” de los años 60 y 70, que conllevó la sustitución de las variedades tradicionales por las modernas, homogéneas y uniformes. Cuando aparecen las grandes ciudades, el agricultor tiene que cultivar para su familia y para la gran ciudad. “La maquinaria agrícola facilita el proceso, pero los agricultores no pueden permitirse una máquina para cada planta. Así, hay una demanda de uniformidad y se multiplica la producción de los cultivos más importantes. Los agricultores producen más con menos trabajo y las nuevas variedades, elaboradas por grandes compañías a través de mejoradores de plantas, sustituyen a las variedades tradicionales que ya estaban adaptadas a las condiciones del entorno”, señaló Esquinas-Alcázar.

Sin embargo, se tomaron medidas para evitar el fin de esa diversidad, como conservar esas variedades tradicionales en centros de germoplasma o protegiendo el área y subvencionando a los agricultores para que sigan produciendo las variedades tradicionales.

Impulsor del Tratado Internacional sobre Recursos Fitogenéticos

José Esquinas-Alcázar rememoró también el complejo proceso que desembocó en la firma en 1983 del Compromiso Internacional de Recursos Genéticos y, en 2001, en el Tratado Internacional sobre Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, redactado en el ámbito de la Conferencia de la FAO. 

En primer lugar, el Compromiso Internacional de Recursos Genéticos fue un código de conducta jurídicamente no vinculante en el que se definieron los recursos genéticos como Patrimonio de la Humanidad y de libre disponibilidad. Casi veinte años después, se logró firmar el Tratado Internacional sobre Recursos Fitogenéticos, en esta ocasión fue un acuerdo vinculante sobre la conservación de la diversidad para el futuro, el uso sostenible y amplio de esos recursos, incluidos los infrautilizados, y la distribución justa y equitativa de los beneficios.
Algunos de los elementos esenciales de ese acuerdo vinculante fueron un sistema multilateral de acceso y distribución de beneficios que cubre los 64 géneros de mayor importancia agrícola que contribuyen al 80% de la alimentación humana; los derechos de los agricultores tradicionales, a los que también les corresponde la distribución de beneficios y la participación en la toma de decisiones políticas; o el derecho del mejorador a obtener información del sistema gratuitamente con dos condiciones: ese material no puede ser patentado y, si se comercializa y produce beneficios económicos a través de la mejora, tiene la obligación de pagar el 1,1% de los beneficios a un mecanismo financiero internacional para financiar programas y proyectos en los países en vías de desarrollo.


“Este acuerdo ha sido ratificado en más de 120 países, entre ellos España en 2004, aunque no quiere decir que se esté llevando a cabo de forma adecuada. Un documento vinculante jurídicamente puede ser papel mojado si no se implementa. Y para ello, esas leyes internacionales deben transformarse en reglamentos jurídicos internos. Debe haber conciencia de ello y que la sociedad exija que hay que llevarlo a cabo. Los africanos tienen un dicho muy acertado: la diversidad biológica no nos pertenece, la tenemos en préstamo de nuestros hijos. Si la destruimos, estamos robando a nuestros hijos”, concluyó.

Otros contenidos del curso

La segunda ponencia de esta actividad formativa corrió a cargo de uno de los directores del monográfico, Joaquín del Valle-Lerchundi, quien analizó la influencia de la actividad agraria en la evolución del paisaje.

A continuación, Juan Carlos Bascones, del departamento de Desarrollo Rural y Medio Ambiente del Gobierno de Navarra, intervino en el curso de verano con “Sentido e implicaciones que tiene la protección de la naturaleza”, donde analizó la necesidad de proteger el entorno natural.

La primera jornada concluyó con la ponencia de Francho Aso Ordás, del Parque Natural de la Dehesa del Moncayo, quien explicó la gestión de este espacio protegido y ahondó tanto en los servicios que presta como en los beneficios que revierte su gestión en los ciudadanos.

La primera intervención del martes corrió a cargo de Carlos Astráin, de Gestión Ambiental Viveros y Repoblaciones de Navarra, S.A., y se centró en los sistemas para mantener la biodiversidad en aquellos espacios que no están protegidos. Por último, se dio paso a una mesa redonda en la que se definieron las conclusiones de estas dos jornadas de estudio.